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La Representación del Niño Dios

Las imágenes religiosas se constituyeron como elemento fundamental del proceso evangelizador americano durante la colonia, sirviendo a la predicación, por su poder comunicador único, imprescindible en un mundo fundamentalmente iletrado y donde convivían múltiples culturas.

La imagen del Niño Dios dentro del proceso evangelizador americano, cumplió un importante papel en el arte colonial, ya que permitió la representación de lo amoroso, propio de la infancia; símbolo de la inocencia y espontaneidad. “Si no llegáis a ser como niños pequeños no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mateo 18,3).

En el arte colonial la imagen del Niño tuvo distintas representaciones y atributos de las cuales se destacan: niños recostados, niños de pie, niños sentados, originalmente desnudos con carnaciones rosáceas y pelos dorados. Este también aparece vestido acompañando las imágenes de candelero de la Virgen e imágenes de bulto de Santos, podemos encontrar en la sala 4 “Chile desde la Colonia al siglo XIX” tales como “La Virgen de Chocalán y fanal de la Virgen del Carmen en la sala 1 “arte colonial” a San Antonio”.

Representaciones del Niño Jesús en el Arte Colonial

Uno de los primeros modelos del Niño Jesús que ha llegado a nosotros es el Niño Majestad, modelo iconográfico, que nos muestra al Infante como Rey y Señor, vestido ordinariamente con trajes cortesanos y ostentando atributos propios de su realeza. El Niño Majestad presenta en su mano izquierda la “Sfera mundi”, símbolo de soberanía sobre el orbe, y alza la diestra en ademán bendiciente. Atributos propios, asimismo, de dicha iconografía son la corona real o imperial sobre la cabeza del Niño y el manto, a veces, incluso el cetro y uno o varios cojines bajo sus pies. Otros, lo presentan de pie, en actitud hierática y erguida, tipo que, sin duda alguna, es el más extendido y popular.

Niño Dios Yacente

Las obras pertenecientes a este popular arquetipo muestran al Infante acomodado en una cuna o pesebre recostado sobre su espalda, dormido con las manos cruzadas sobre el pecho, o despierto, sonriente y con los brazos abiertos, como queriendo llamar la atención del espectador. Incluso en ocasiones, consciente de su divinidad, el Niño bendice a sus adoradores mediante la fórmula de la “Benedictio latina”. La ausencia total de atributos o elementos iconológicos es uno de sus rasgos principales, a excepción de las potencias (tres rayos que salen de su cabeza y representan a la inteligencia, voluntad y memoria) o aureola que en ocasiones coronan la cabeza de la imagen. En sus versiones pictóricas también se da el caso de que emerge una luz desde su cuerpo, materializando el resplandor que, según los Evangelios, emanaba del cuerpo de Jesús, iluminando la cueva de Belén.

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